miércoles, 11 de abril de 2012

El hombre de los retornos de 400%


Un día a finales de 2010, media docena de inversionistas ricos y administradores de portafolios se reunieron en una oficina en el centro de Manhattan. En conjunto, manejaban más de US$1.000 millones. Tenían acceso a los más exclusivos fondos de cobertura y sociedades de inversión, y a menudo se codeaban con la élite de Nueva York, Greenwich y Palm Beach.
Pero ese día, se habían reunido para escuchar a un desconocido que había abandonado sus estudios universitarios y averiguar cómo había conseguido un rendimiento mucho mejor que el de todos ellos.
El desconocido, Allan Mecham, había estado registrando rendimientos alucinantemente altos durante una década en un pequeño fondo de inversión privada llamado Arlington Value Management, y muchos de los hombres de Wall Street consideraban subir a bordo. Durante casi dos horas, lo llenaron con preguntas. ¿Dónde había obtenido su experiencia en negocios? Leo un montón, respondió él. ¿Tenía un MBA? No. Dejé la Universidad, decía. ¿Tenía un inteligente modelo de computación o algoritmo? No, aseguraba. No uso demasiado hojas de cálculo. ¿Podía el grupo dar un vistazo a sus análisis de inversión? No tengo nada de eso, contestaba. Todo está en mi cabeza. Los inversionistas estaban desconcertados. Bueno, ¿podría al menos decirles hacia dónde pensaba que se dirigía el mercado bursátil? "No tengo idea", contestó Mecham.
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Allan Mecham, en su oficina.
Al término de la reunión, "la mayoría de la gente salió del lugar desconcertada", dice Brendan O'Brien, un gestor de dinero de Nueva York que estaba allí. "Ellos esperaban ver a un tipo muy elegante y locuaz. Pero en cambio decían que no podían entender por qué no tendría una opinión sobre el mercado, teniendo en cuenta que a los administradores de dinero se les paga para tener una visión sobre el mercado". Mecham había enfrentado ese tipo de desconcierto antes, razón por la cual rara vez se reúne con potenciales inversionistas. Es difícil vender su producto a una industria que está acostumbrada a algo muy diferente. Después de todo, de acuerdo con sus reglas, él ni siquiera debería estar en el negocio.
Durante un período de 12 años, hasta finales de 2011, Mecham, que en la actualidad tiene apenas 34 años, ha ganado un sorprendente retorno acumulado de más de 400% mediante la inversión en acciones de empresas de EE.UU., en gigantes como Philip Morris, AutoZone y PepsiCo. Ese desempeño inversionista deja mordiendo el polvo a los índices bursátiles y a la mayoría de los fondos de inversión. De los miles de fondos de inversión en EE.UU., sólo un puñado de fondos orientados a las acciones ha tenido mejor desempeño, según Lipper. Y en gran medida, Mecham ha alcanzado semejantes resultados sentado en un sillón en una oficina que posee en la planta alta de un restaurante de tacos, en Salt Lake City.
Mecham no luce, no habla ni actúa como un típico administrador de Wall Street. Tiene voz suave. No usa jerga. Se viste como si trabajara en una librería, con una camisa de rayas y una corbata lisa. Y la historia de su éxito, sin duda, dice mucho acerca de los defectos de la industria de la gestión de fondos. Según su propia versión, Mecham no tiene una poción mágica o un increíble algoritmo; lo más extraordinario de este joven es lo común que resulta. Sin embargo, su enfoque de inversión se basa en un puñado de tácticas de sentido común —centrarse en unas pocas acciones, por ejemplo, y evitando o ignorando el análisis estadístico de corto plazo— que las grandes firmas de gestión de dinero, o bien no pueden utilizar o se muestran renuentes a probar. Escépticos y admiradores por igual, coinciden en que el enfoque de Mecham implica un potencial de riesgos más alto de lo normal de pérdidas cuantiosas. Russ Kinnel, director de investigación de fondos de Morningstar, dice que sería poco probable que la mayoría de los clientes de fondos corriera ese riesgo. "Los fondos de pensiones, consultores e inversionistas en general se guían más por los puntos de referencia tradicionales", señala Kinnel.
Pero aun así, sería un poco exagerado caracterizar a Mecham como un rebelde; él es un hombre, después de todo, para quien una de las cosas más destacadas que le ocurrieron el año pasado fue un viaje a Omaha (a donde llevó a su novia para participar de la conferencia anual de inversión de Warren Buffet). Al igual que casi cualquier otro administrador en el negocio, Mecham dice que le gustaría recaudar más capital para invertir —su firma es pequeña, con US$80 millones bajo gestión. Sin embargo, por ahora, el puñado de profesionales que ha saltado a su bando está contento de mantener el fondo como una joya sin descubrir. Está claro que varios piensan que se encuentran en algo especial.
Después de la incómoda reunión en Nueva York, O'Brien, que dirige Gold Cost Wealth Management, se sentía intrigado como para averiguar un poco más, y tras pasar meses hablando con Mecham y comprobando sus resultados, decidió dar el salto, invirtiendo más de US$1 millón con este "desconocido". "Para usar una analogía con el deporte", dice que descubrir a Mecham era como "uno de esos raros momentos en que una estrella queda sin equipo cuando comienza su mejor momento".
En el mundo de la inversión privada, donde los administradores de dinero operan sin las revisiones, balances y el escrutinio que deben soportar los grandes fondos de inversión, muchos de aquellos fondos no tienen que registrarse ante la Comisión de Bolsa y Valores, en especial si son pequeños y si las grandes empresas de investigación como Morningstar no realizan un seguimiento de su desempeño. Con un mínimo de participación en esos fondos a menudo muy altas —la apuesta inicial en Arlington Value es en general de por lo menos US$1 millón— los inversionistas tienen un incentivo aún mayor para hacer sus propias auditorías.
En el caso de Mecham, la fe reside en alguien cuya formación es muy inusual para la industria. Mecham asistió a una universidad comunitaria y a la Universidad de Utah por dos años, pero pronto después puso en marcha un club de inversión, dice, y en comparación le resultaba aburrido lo que hacía en la universidad. En cambio, leía libros sobre inversión y negocios. "Tenía 19 años", recuerda. "Me quedaba levantado hasta las 3.30 de la mañana, devorando esas cosas". Salt Lake City es una ciudad pequeña, donde las personas se conocen entre sí, y un compañero de clase conocía gente de Wasatch Advisors, una compañía local de fondos de inversión. Mecham consiguió trabajo allí y al final decidió no retornar a la universidad, eligiendo quedarse en la empresa.
Poco más de un año después Mecham decidió que él mismo podía administrar el dinero. Recaudó capital semilla, menos de US$200.000, dice, y en 1999 lanzó su fondo a la experimentada edad de 22 años. Desde entonces, las recomendaciones personales han atraído a más inversionistas, los cuales ahora suman 120, de los cuales el 75% se identifican como "personas con grandes fortunas".
Su modelo de inversión es similar al de Warren Buffett. Mecham busca empresas con buenos prospectos a largo plazo, un flujo de caja fuerte y sólidas barreras de entrada para posibles competidores. Además, recalca la importancia de sentarse y no hacer nada. "la actividad es la enemiga de los retornos", dice. Su portafolio es bastante pequeño, usualmente sólo posee entre seis y 12 acciones.
Como a menudo señalan los sabios del mundo de las inversiones como Buffett, la gente en Wall Street está sujeta a una enorme presión para cumplir. Si hacen una gran apuesta y no funciona, los clientes saldrían disparados, y en general serían despedidos o echados. Lo mismo ocurre con cómo los administradores reaccionan a las noticias a corto plazo en el mercado. Mecham dice que una de sus grandes ventajas frente a los administradores de Wall Street es que él es libre de ignorar el "ruido, como la obsesión trimestral sobre las ganancias a corto plazo, que a menudo impulsan los precios de las acciones fuertemente hacia arriba y abajo provocando las estampidas de los inversionistas. La primera pregunta que él hace sobre cualquier inversión, dice, es dónde estará en 10 años o más: "Uno tiene que tener un alto grado de confianza en los flujos de efectivo durante la próxima década". Mecham dice que en contraste, el típico administrador de fondos de inversión es como alguien que fue contratado para correr un maratón, sólo para que sus clientes anuncien que van a comparar sus tiempos cada 100 metros con los de un velocista olímpico corriendo una carrera. "Es un proceso miope", dice con resignación.
¿A dónde se dirige Arlington en el futuro? Mecham dice que no pondrá en peligro su estrategia para jugar el juego de Wall Street. Está perplejo de que tanta gente espere que él tenga una amplia canasta de acciones y siga una referencia, como el S&P 500. "Es ridículo pensar que en este mundo competitivo, uno va a encontrar ideas brillantes todos los días", dice. "El mundo no se funciona de esa manera".

Keynes, el inversionista

Nadie se identifica como Keynesiano en estos momentos, al menos nadie entre los gestores de fondos, lo cual es una lástima.
Un nuevo análisis del desempeño de las inversiones de John Maynard Keynes muestra que el economista británico fue uno de los mejores inversionistas del siglo pasado. Al comprender las razones detrás del éxito de Keynes, los inversionistas pueden tener un entendimiento más acabado de por qué tantos de los gestores de fondos actuales no tienen un desempeño tan estelar.
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John Maynard Keynes
Más allá de su opinión sobre las teorías económicas sobre la intervención estatal en la economía, Keynes (1883–1946) siempre ha tenido una reputación extraordinaria como inversionista. Hasta ahora, sin embargo, nadie se había tomado la molestia de reconstruir su historial de inversiones.
David Chambers y Elroy Dimson, académicos de la Universidad de Cambridge y London School of Economics, respectivamente, han dedicado buena parte de los últimos años a desmenuzar los portafolios de Keynes.
Los resultados muestran que los retornos de Keynes fueron extraordinarios y la forma en la que los consiguió es aún más increíble.
Entre 1924 y 1946, mientras escribió numerosos libros y transformaba el sistema monetario global, Keynes encontró el tiempo para dirigir el fondo de King's College en la Universidad de Cambridge.
En ese lapso, según Chambers y Dimson, el desempeño de Keynes superó al de la bolsa británica en un promedio de ocho puntos porcentuales anuales, ajustado por riesgo.
Inversionistas de la talla de Benjamin Graham,Peter Lynch, John Templeton y Warren Buffett superan al mercado por un promedio anual de entre tres y 13 puntos porcentuales a lo largo de sus carreras. Sin embargo, la mayoría de ellos no tuvo que lidiar con la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial.
¿Cómo lo consiguió Keynes?
A través de la flexibilidad, resistencia e independencia.
Keynes comenzó como lo que hoy llamaríamos un gestor "macro", alguien que interpreta las señales monetarias y económicas para comprar y vender acciones, bonos y efectivo. Negociaba con divisas extranjeras y materias primas. Como director del Banco de Inglaterra, Keynes tenía acceso a información privilegiada sobre los cambios de tasas de interés, aunque no hay evidencia de que la haya usado en sus inversiones.
No obstante, Keynes no era un buen gestor macro. Se quedó rezagado frente a la bolsa británica hasta 1928 y un 83% de su portafolio primario estaba en acciones antes del desplome de 1929.
"Es difícil anticiparse a los mercados) ", dijo Chambers. "Keynes tuvo problemas con ello y no logró prever el colapso de 1929 a pesar de contar con una incomparable red de fuentes de información".
Luego Keynes hizo una serie de cambios radicales: pasó de ser un asignador de capital a un seleccionador de acciones. Prefirió invertir en empresas pequeñas y medianas subvaloradas.
Keynes también hizo apuestas titánicas en industrias qué él consideraba que estaban a buen precio. Para 1936 tenía un 66% de su portafolio en acciones mineras y nada en acciones de bancos o de empresas de energía. Las mineras de oro sudafricanas, previó correctamente, se beneficiarían de la caída en los valores de las divisas.
Keynes no sólo fue un pionero en poseer acciones cuando la mayoría de los grandes inversionistas prefería los bonos, sino que también tenía apetito por el riesgo, concentrando hasta la mitad de sus activos en cinco inversiones, o sus "mascotas" como las llamaba. Keynes se aferraba a sus acciones por más de cinco años.
Medio en broma, llegó a proponer "que la compra de una inversión sea tan permanente e indisoluble como el matrimonio". (Actualmente, el fondo promedio estadounidense de acciones tiene apenas un 19% en sus cinco inversiones principales y mantiene en su poder a una acción cualquiera por apenas 15 meses).
El "diferencial de error" del portafolio de Keynes, es decir la cantidad en la que se comportaba de forma diferente que el mercado en general, era casi cuatro veces más alto de lo normal en los fondos institucionales de hoy en día, indicaron Chambers y Dimson.
Keynes no era simplemente alguien a quien le gustaba llevar la contraria. Era el epítome de su propia definición de un inversionista a largo plazo: "excéntrico, poco convencional e imprudente a los ojos de la opinión tradicional". Para emular a Keynes "usted debe ser idiosincrático", dijo Chambers. "Eso es algo fácil de decir, pero mucho más difícil de ejecutar".
Una de las mayores ventajas de Keynes, aseguran Chambers y Dimson, fue que la junta de King's College le dio la autoridad total para invertir a su gusto.
Hoy en día tal libertad sólo se encuentra en firmas pequeñas como Fairholme, FPA, Longleaf y Yacktman, para mencionar algunas, que operan independientemente y no se doblegan ante sus clientes. Esa libertad, por supuesto, conlleva el riesgo de retornos horribles a corto plazo y la posibilidad de que los mejores talentos se vayan.
En la mayoría de las grandes firmas de inversión, los gestores de portafolio deben invertir en estrechas "cajas de estilo" y seguir el desempeño de sus pares. La orden máxima de las dubitativas firmas de gestión de activos de hoy en día es asegurarse que sus carteras nunca se desvíen de los resultados del promedio. Eso le quita el incentivo a los clientes de salir en desbandada y le permite a las firmas seguir ganando comisiones, maximizando así sus propios retornos, a la vez que minimizan los de sus clientes.